domingo, 19 de junio de 2016



TUNGSTENO


CUENTO POR MARTÍN CRUZ
 

Un día, Natasha se harta de la mala vida que le da Gerónimo. Coloca una serpiente en el automóvil y cuando él la mira reptar sigilosa por el asiento del copiloto tiene un sobresalto y choca contra el árbol. Pero ésta no es la historia.
Salónica estiró el brazo, delgado y sutil, similar al tallo de un alcatraz, para entregarle las llaves del apartamento a Wólfram. El chico, con aspecto de intelectual, entró con una maleta y en la otra mano una jaula para mascotas, vacía. Wólfram se detuvo en el lobby, se quitó las gafas y después de unos segundos de escrutinio avanzó hacia la recepción. Le gustó la sobriedad del lugar y pagó hospedaje.
Cuando le sonrió a Salónica, ésta sintió que las pecas se le desprendían de los pómulos como lentejas esparciéndose sobre el mostrador de cristal. Ella no dejó en ningún momento de mirarlo pues su altura de asta bandera la hechizó. A tientos tomó las llaves y fue así como las puso en las manos del chico, largas y frías. Wólfram le dio las gracias y le regaló una nueva sonrisa que a Salónica, ya sin pecas en los pómulos, la hizo levitar –Bienvenido a Tungsteno, siéntase como en casa (Decía en el tapete de la entrada)-.
En la cama la chica se puso de rodillas y abrió despacio su camisola transparente. Las sedas del ventanal comenzaron a jugar con el viento cálido. Wólfram venía hacia ella en calzón de dormir, azul cobalto a rayas, frotándose la barba de candado. Salónica le lanzó un beso y él lo atrapó con la misma mano con la que comenzó a frotarse los genitales al tiempo que bailaba sexy.
Unos ojos con estrabismo rodeados de arrugas la miraban atentos. Salónica despertó del ensueño. El huésped del catorce puso las llaves en las manos suaves y sudorosas de la chica. El anciano le dio la espalda y avanzó lentamente hacia la salida.
Blanco platinado, platinado, perla, blanco simple, simple blanco, transparente, translúcido, esmerilado, paredes, puertas, ventanas, piso, recámara, balcón, closet, cama, burós, cocina, sala, baño, todo blanco. Al abrir la maleta, Wólfram sacó su ropa y lo necesario para instalarse en aquella habitación mediana para soltero. Un par de camisas, pantalones, zapatos, perfumes, desodorantes, champú y una serpiente. O víbora. O culebra.
La tomó lentamente entre sus brazos y Kriptón se fue enroscando (amoldando) en aquellos brazos blancos y flacos, pero firmes. La sierpe envolvía las extremidades de Wólfram con toda libertad y Wólfram entró en un momento de éxtasis. De comunión con aquel ser de la naturaleza. Tomó a Kriptón por la cabeza y el animalejo sacaba su lengua bífida con punta en forma de eme. Las miradas de Wólfram y la serpiente se encontraron, había en ellos cierta complicidad. Wólfram le sonrió y la serpiente mostró la lengua una vez más. 
La colocó en la jaula  y la puso en el suelo junto a la cama. Aquí no hay ratones, pero mañana consigo. No quiero que te mal pases- le dijo al animalejo que se enroscó mansamente.
Por la mañana sonó la puerta. Pero nadie abrió. Entonces, Salónica golpeó más aprisa con los nudillos. Hasta que apareció Wólfram detrás de la puerta no sin antes haberse asomado por la mirilla. Salónica enrojeció y enlazó las manos detrás de la espalda. Dijo con aire inocente: ¿se te ofrece algo? Wólfram le sonrió. Coincidió que estaba a punto de salir. ¿Alguna veterinaria cerca de aquí?, contestó. Ella frunció el ceño: ¿una veterinaria?. El chico respiró hondo y ahora le pidió que le trajera un yogurt natural mientras terminaba de vestirse, aunque en realidad se hallaba listo.
Natasha era diez años menor que Gerónimo, y él estaba a punto de cumplir los cuarenta. El ascenso de Gerónimo en la fábrica obligó a la pareja dejar la provincia. Hacía un mes que habían alquilado el penthouse de Tungsteno y había planes de adquirir una casa al sur de la ciudad. Natasha pensó que el cambio de aire, de ciudad, de gente, mejoraría la relación, pero las cosas empeoraron. Las discusiones se volvieron más frecuentes y subieron de tono. Sobre todo cuando Natasha descubrió una mancha de lápiz labial en la camisa de Gerónimo.
Ya no lo soporto, escuchó Salónica lo que Natasha un día le decía a la pared. Si tuviera manera de regresarme a Irapuato lo hacía. La jovencita, que hacía un par de meses era la encargada de la recepción del hotel por las tardes, intentó darle su mano amiga, a sabiendas que no conseguiría nada con que Natasha le contara sus problemas, pero sí al menos obtendría una manera de distraerse.
¿Tienes novio? Le preguntó Natasha. Salónica sonrojó, pues a sus dieciséis, aún no había tenido la oportunidad de estar al lado de un chico porque su abuelo, el dueño del hotel, se ponía celoso. Y si tenía la oportunidad de amar, lo hacía a escondidas. Pero esta vez, ya no resistiría más, porque estaba dispuesta a conquistar el corazón del nuevo huésped. Wólfram le pareció el hombre indicado y estaba decidida a conquistar su amor. Por encima de todo, inclusive, por encima de su abuelo.
Entonces le respondió a Natasha que sí tenía novio, aunque éste aun no sabía que ella lo quería con el corazón a punto de reventarle de tanto amarlo.  Es bonito amar, le dijo Natasha, pero siempre y cuando sepas a quien amas. Sin embargo, nunca llegamos a conocer a las personas, realmente. Me junté enamorada, pensando que Gerónimo era el amor de mi vida, y ya ves, resulta ser que no fue una buena elección, le aconsejó.
Salónica guardó aquel consejo para cuando llegara el momento. Bastó una semana para estar segura que sentía algo verdadero por Wólfram, el chico de la mediana habitación, que seguía abriendo la puerta para que ella entrara y pedía un yogurt natural antes de salir al trabajo.
Le pedía un yogurt natural después de cepillarse los dientes, y no entendía por qué. Hasta que un día, Wólfram le mostró a la serpiente, su animal predilecto, llamado Kriptón, quien era capaz de comer lo mismo ratones que alimentarse de yogurt natural.
Salónica palideció. Sintió una mezcla de miedo y asombro, acompañada de asco. Pero no gritó, ni mucho menos corrió. Miró unos instantes la maestría con la que su amado dominaba el animal que medía, sin exagerar, casi dos metros.
Le explicó que era su mascota. Su amiga. Su confidente. Hacía mucho lo acompañaba a todas partes. Eran inseparables. Pero tenía que llevarla de contrabando a los lugares a donde iba. Y nadie, a excepción de ese momento, sabía por qué siempre cargaba una jaula vacía.
De modo que si eran entrañables, Wólfram y la serpiente, las posibilidades de que se fijara en ella eran remotas. La albina con ojos de diamante era su mayor tesoro. Ella jamás lo sería, pensó Salónica.
Natasha ya no soportó más y bajó cargando una maleta. Iba hecha un mar de llanto. Gerónimo la alcanzó en la parada de los coches de alquiler y tuvieron una fuerte discusión. La devolvió arrastras al pent-house y ahí la dejó encerrada por varios días. Gerónimo aprovechó el encierro de Natasha para irse de juerga. Con una llave maestra, Salónica la rescató y trató de consolarla. Yo tengo la solución a tu problema, le dijo.
Mientras Wólfram se duchaba, Salónica entró a la habitación mediana. Sigilosa extrajo la jaula con la serpiente que se encontraba debajo de la cama. Cuando la vea se llevará el susto de su vida, y no le quedarán ganas de volver a maltratarte, le dijo Salónica, y Natasha, luego de mirar por varios minutos horrorizada a la mansa serpiente la tomó entre sus manos. Tenía un efecto narcótico, no le quitaba la mirada de encima. Una de dos, o se moría de un infarto, o se volvía un hombre bueno. Habría que buscar el lugar indicado. Encima de la cama o servírsela en una bandeja en el desayuno.
Salónica no volvió a la habitación de Wólfram para comedirse. No al menos la mañana del accidente. Wólfram, en tanto, pegó el grito en el cielo por la desaparición de su mascota, la buscó por toda la habitación sin encontrarla, y le preguntó a la chica de la recepción y ésta no le hizo gran caso. Miraba atenta, como el resto de los curiosos, el vehículo incrustado en el árbol. Frente a Tungsteno. El auto al momento del choque sonó como si varios platos se hubieran roto en el suelo al mismo tiempo. Gerónimo quedó pegado en el volante. Mal herido. Natasha a unos cuantos metros sobre el pavimento. No pudo esquivar el auto que se le fue encima cuando Gerónimo se sobresaltó al descubrir la serpiente. La víbora comenzó a escurrirse. Wólfram, envuelto en una toalla, fue a su rescate. Vida de mi vida. Vida mía. Creí que jamás volveríamos a estar juntos.
 
 
 

 

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