TUNGSTENO
CUENTO POR MARTÍN CRUZ
CUENTO POR MARTÍN CRUZ
Un día, Natasha se harta de la mala vida que
le da Gerónimo. Coloca una serpiente en el automóvil y cuando él la mira reptar
sigilosa por el asiento del copiloto tiene un sobresalto y choca contra el árbol.
Pero ésta no es la historia.
Salónica estiró el brazo, delgado y sutil, similar
al tallo de un alcatraz, para entregarle las llaves del apartamento a Wólfram. El
chico, con aspecto de intelectual, entró con una maleta y en la otra mano una
jaula para mascotas, vacía. Wólfram se detuvo en el lobby, se quitó las gafas y
después de unos segundos de escrutinio avanzó hacia la recepción. Le gustó la
sobriedad del lugar y pagó hospedaje.
Cuando le sonrió a Salónica, ésta sintió que
las pecas se le desprendían de los pómulos como lentejas esparciéndose sobre el
mostrador de cristal. Ella no dejó en ningún momento de mirarlo pues su altura
de asta bandera la hechizó. A tientos tomó las llaves y fue así como las puso
en las manos del chico, largas y frías. Wólfram le dio las gracias y le regaló
una nueva sonrisa que a Salónica, ya sin pecas en los pómulos, la hizo levitar
–Bienvenido a Tungsteno, siéntase como en casa (Decía en el tapete de la
entrada)-.
En la cama la chica se puso de rodillas y
abrió despacio su camisola transparente. Las sedas del ventanal comenzaron a
jugar con el viento cálido. Wólfram venía hacia ella en calzón de dormir, azul
cobalto a rayas, frotándose la barba de candado. Salónica le lanzó un beso y él
lo atrapó con la misma mano con la que comenzó a frotarse los genitales al
tiempo que bailaba sexy.
Unos ojos con estrabismo rodeados de arrugas
la miraban atentos. Salónica despertó del ensueño. El huésped del catorce puso
las llaves en las manos suaves y sudorosas de la chica. El anciano le dio la
espalda y avanzó lentamente hacia la salida.
Blanco platinado, platinado, perla, blanco
simple, simple blanco, transparente, translúcido, esmerilado, paredes, puertas,
ventanas, piso, recámara, balcón, closet, cama, burós, cocina, sala, baño, todo
blanco. Al abrir la maleta, Wólfram sacó su ropa y lo necesario para instalarse
en aquella habitación mediana para soltero. Un par de camisas, pantalones,
zapatos, perfumes, desodorantes, champú y una serpiente. O víbora. O culebra.
La tomó lentamente entre sus brazos y Kriptón
se fue enroscando (amoldando) en aquellos brazos blancos y flacos, pero firmes.
La sierpe envolvía las extremidades de Wólfram con toda libertad y Wólfram entró
en un momento de éxtasis. De comunión con aquel ser de la naturaleza. Tomó a
Kriptón por la cabeza y el animalejo sacaba su lengua bífida con punta en forma
de eme. Las miradas de Wólfram y la serpiente se encontraron, había en ellos
cierta complicidad. Wólfram le sonrió y la serpiente mostró la lengua una vez
más.
La colocó en la jaula y la puso en el suelo junto a la cama. Aquí no
hay ratones, pero mañana consigo. No quiero que te mal pases- le dijo al
animalejo que se enroscó mansamente.
Por la mañana sonó la puerta. Pero nadie
abrió. Entonces, Salónica golpeó más aprisa con los nudillos. Hasta que
apareció Wólfram detrás de la puerta no sin antes haberse asomado por la
mirilla. Salónica enrojeció y enlazó las manos detrás de la espalda. Dijo con
aire inocente: ¿se te ofrece algo? Wólfram le sonrió. Coincidió que estaba a
punto de salir. ¿Alguna veterinaria cerca de aquí?, contestó. Ella frunció el
ceño: ¿una veterinaria?. El chico respiró hondo y ahora le pidió que le trajera
un yogurt natural mientras terminaba de vestirse, aunque en realidad se hallaba
listo.
Natasha era diez años menor que Gerónimo, y él
estaba a punto de cumplir los cuarenta. El ascenso de Gerónimo en la fábrica
obligó a la pareja dejar la provincia. Hacía un mes que habían alquilado el
penthouse de Tungsteno y había planes de adquirir una casa al sur de la ciudad.
Natasha pensó que el cambio de aire, de ciudad, de gente, mejoraría la relación,
pero las cosas empeoraron. Las discusiones se volvieron más frecuentes y
subieron de tono. Sobre todo cuando Natasha descubrió una mancha de lápiz
labial en la camisa de Gerónimo.
Ya no lo soporto, escuchó Salónica lo que
Natasha un día le decía a la pared. Si tuviera manera de regresarme a Irapuato lo
hacía. La jovencita, que hacía un par de meses era la encargada de la recepción
del hotel por las tardes, intentó darle su mano amiga, a sabiendas que no
conseguiría nada con que Natasha le contara sus problemas, pero sí al menos obtendría
una manera de distraerse.
¿Tienes novio? Le preguntó Natasha. Salónica
sonrojó, pues a sus dieciséis, aún no había tenido la oportunidad de estar al
lado de un chico porque su abuelo, el dueño del hotel, se ponía celoso. Y si
tenía la oportunidad de amar, lo hacía a escondidas. Pero esta vez, ya no
resistiría más, porque estaba dispuesta a conquistar el corazón del nuevo
huésped. Wólfram le pareció el hombre indicado y estaba decidida a conquistar
su amor. Por encima de todo, inclusive, por encima de su abuelo.
Entonces le respondió a Natasha que sí tenía
novio, aunque éste aun no sabía que ella lo quería con el corazón a punto de
reventarle de tanto amarlo. Es bonito
amar, le dijo Natasha, pero siempre y cuando sepas a quien amas. Sin embargo,
nunca llegamos a conocer a las personas, realmente. Me junté enamorada,
pensando que Gerónimo era el amor de mi vida, y ya ves, resulta ser que no fue
una buena elección, le aconsejó.
Salónica guardó aquel consejo para cuando
llegara el momento. Bastó una semana para estar segura que sentía algo
verdadero por Wólfram, el chico de la mediana habitación, que seguía abriendo
la puerta para que ella entrara y pedía un yogurt natural antes de salir al
trabajo.
Le pedía un yogurt natural después de
cepillarse los dientes, y no entendía por qué. Hasta que un día, Wólfram le
mostró a la serpiente, su animal predilecto, llamado Kriptón, quien era capaz
de comer lo mismo ratones que alimentarse de yogurt natural.
Salónica palideció. Sintió una mezcla de miedo
y asombro, acompañada de asco. Pero no gritó, ni mucho menos corrió. Miró unos
instantes la maestría con la que su amado dominaba el animal que medía, sin
exagerar, casi dos metros.
Le explicó que era su mascota. Su amiga. Su
confidente. Hacía mucho lo acompañaba a todas partes. Eran inseparables. Pero
tenía que llevarla de contrabando a los lugares a donde iba. Y nadie, a
excepción de ese momento, sabía por qué siempre cargaba una jaula vacía.
De modo que si eran entrañables, Wólfram y la
serpiente, las posibilidades de que se fijara en ella eran remotas. La albina con
ojos de diamante era su mayor tesoro. Ella jamás lo sería, pensó Salónica.
Natasha ya no soportó más y bajó cargando una
maleta. Iba hecha un mar de llanto. Gerónimo la alcanzó en la parada de los
coches de alquiler y tuvieron una fuerte discusión. La devolvió arrastras al
pent-house y ahí la dejó encerrada por varios días. Gerónimo aprovechó el
encierro de Natasha para irse de juerga. Con una llave maestra, Salónica la
rescató y trató de consolarla. Yo tengo la solución a tu problema, le dijo.
Mientras Wólfram se duchaba, Salónica entró a
la habitación mediana. Sigilosa extrajo la jaula con la serpiente que se
encontraba debajo de la cama. Cuando la vea se llevará el susto de su vida, y
no le quedarán ganas de volver a maltratarte, le dijo Salónica, y Natasha,
luego de mirar por varios minutos horrorizada a la mansa serpiente la tomó
entre sus manos. Tenía un efecto narcótico, no le quitaba la mirada de encima.
Una de dos, o se moría de un infarto, o se volvía un hombre bueno. Habría que
buscar el lugar indicado. Encima de la cama o servírsela en una bandeja en el
desayuno.
Salónica no volvió a la habitación de Wólfram
para comedirse. No al menos la mañana del accidente. Wólfram, en tanto, pegó el
grito en el cielo por la desaparición de su mascota, la buscó por toda la
habitación sin encontrarla, y le preguntó a la chica de la recepción y ésta no
le hizo gran caso. Miraba atenta, como el resto de los curiosos, el vehículo
incrustado en el árbol. Frente a Tungsteno. El auto al momento del choque sonó
como si varios platos se hubieran roto en el suelo al mismo tiempo. Gerónimo
quedó pegado en el volante. Mal herido. Natasha a unos cuantos metros sobre el
pavimento. No pudo esquivar el auto que se le fue encima cuando Gerónimo se
sobresaltó al descubrir la serpiente. La víbora comenzó a escurrirse. Wólfram,
envuelto en una toalla, fue a su rescate. Vida de mi vida. Vida mía. Creí que
jamás volveríamos a estar juntos.

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