EN EL ABISMO
Cuento por
Martín Cruz
I
En el café,
Julio echa de menos a Laura. En aquel frío rincón ve pasar el tiempo, también
personas desconocidas pasan, van y viene la gente y otros que, como él, se
quedan hundidos en la soledad.
No es la
primera vez, en dos meses de noviazgo, que dejan de verse por razones de
trabajo, pero si hay la oportunidad de marcar el teléfono, no lo dudan ni un
segundo. Julio le llama a Laura o Laura telefonea a Julio para contarle lo que
ha pasado en el día.Se dicen lo mucho que se aman y hacen planes para el futuro inmediato. Sin embargo, hasta el momento, Julio no ha recibido llamada de ella. O también piensa en la posibilidad que Laura espera llamada de él. Los dos esperando llamada.
A las siete de la tarde vuelve a pensar en Laura con el café en un vaso de cartón entre sus manos largas, pero en la medida que el olor a canela entra en su nariz y viaja libremente a los pulmones, se expande en él una inquietante sensación abandono.
Quince minutos después de extrañarla y ahondar en los más bellos instantes que ha disfrutado a su lado en esos incipientes meses de noviazgo, Julio tiene la iniciativa de marcarle y de inmediato suena ocupado.
Pasan dos minutos, en esos dos minutos agita en círculos el café con la cuchara de plástico, se lleva el vaso a los labios y da un sorbo largo. Vuelve a marcar. Buzón.
Empuja la puerta de cristal y se echa a caminar en la banqueta que conecta entre sí restaurantes, bares, antros y otros santuarios de vida nocturna a los que él pocas veces concurre.
Los vehículos van y vienen debajo de un cielo que anuncia la noche con boconadas de viento suave y cálido que exhalan trompetas celestiales desde algún punto del firmamento.
Falta menos para llegar a la siguiente cuadra y de pronto cambia de opinión, decide cruzar hacia el malecón para admirar el mar que está en calma.
Saca el teléfono de la bolsa de su pantalón de mezclilla y vuelve a marcar, espera segundos con el aparato pegado en la oreja derecha con actitud firme de militar de alto rango mirando hacia el horizonte rojizo. Piensa: primero ocupado y después buzón. Al tercer timbrazo, habla Laura con su voz frágil a punto de romperse contra el suelo como figura de porcelana. Julio dibuja una sonrisa con aires de triunfo. Ahí está ella, su trofeo, pegada al teléfono. Te extraño, le dice.
II
La señal es
confusa, difusa o débil. Se pierde la comunicación. Hay una especie de pirámide,
ahí sube la gente de la comunidad en el día para agarrar señal, pero claro que
yo no lo hago porque se ve peligroso. Es una barrera que construyó el estado
para proteger una reserva ecológica, el caso es que se ve a doc con el pueblo,
parece un centro ceremonial o un mirador, pero no es nada de las dos, solo un
muro escalonado que mide como unos diez metros de altura o algo así. Me cuenta
don Apolonio, el agente municipal, que llegó una compañía de telefonía móvil a instalar
una antena y los pobladores se opusieron por temor a contraer enfermedades
cancerígenas así que se quedaron sin recepción y ahora cuando quieren
comunicarse o suben a la pirámide para ordeñar señal si bien les va o se van al
pueblo más cercano que está como a diez kilómetros de donde estoy ahora.
Monte Albán
es un lugar pintoresco, pero para vivir no lo recomiendo. En las noches hay
demasiado calor y moscos ni se diga a pesar de que en estos días han venido a
fumigar los del sector salud. Se me hace un hueco en el estómago cuando no estás junto a mí, la interrumpe Julio. Laura hace una pausa. A Julio le pega el vientecillo en la cara y le estropea el fleco cuantas veces puede. Laura, alta y de piernas largas y torneadas como de basquetbolista, abre la llave de la regadera. La lluvia artificial tintinea con el cuadriculado de azulejos color hueso. Me quedaré un día más, pero voy a estar bien te lo aseguro, en cuanto esté por allá te marco en seguida, yo también tengo ganas de verte.
La esposa del agente me ofreció una cama, bueno en realidad es un catre de yute con patas de tijera, así descansan, el aposento es humilde, pero ellos son excepcionales en su trato. Ahora Laura se quita la ropa y entra en el agua, el agua lame su desnudez. La espuma de champú de sábila desciende como lava sobre sus laderas, sus senos, sus glúteos y su sexo. Ella se frota los hombros y levanta la cara para sentir el golpe de agua.
Esta tarde te he extrañado profundo y no sé a qué se deba, por eso decidí llamarte, en la primera sonaba ocupado y después me envió cruelmente a buzón. La silueta perfecta de Laura se refleja en la puerta de vidrio esmerilado del cuarto de baño, la abre al terminar de ducharse y sale envuelta en una toalla rosa.
El hombre está en la cama con las piernas velludas y alineadas. Alcanza la cerveza puesta sobre el buró y se echa un trago largo. Luego la mira con deseo manifiesto mientras ella se sacude su melena ensortijada. Su melena larga, su melena húmeda, su melena enredada.
Es por lo que te digo, hay poca recepción, pero ya cuando comienza a anochecer entran y salen las llamadas y no hay necesidad de subir a la pirámide o ir al pueblo. Como una gata en celo, se trepa en el colchón. El hombre le pone el dedo entre los dientes y ella lo saborea con hambre desmedida.
Se me harán eternas las horas para volverte a ver, pero el día que estés de regreso, te voy a dar un abrazo fuerte, enorme, para que no quepa duda de todo el amor que siento por ti. El hombre le entierra los dientes en el cuello cual Drácula moderno, ella cierra los ojos y se deja llevar por el éxtasis. Te extraño, le dice. Yo igual, Laura responde. Te extraño.
III
Han pasado
no más de diez minutos de aquella plática. El ir y retornar de los vehículos
sigue a sus espaldas. Arriba de él, la noche se va acercando con lentitud. La
ciudad se enciende paulatinamente.
Digamos que
extrañar a Laura con tan solo dos días de no verla tiene sus motivos: la ama
tanto que no quisiera perderla por un error, pero eso de extrañarla podría ser
a la vez un remordimiento o una punzada en las sienes, porque últimamente se le
ha metido en la cabeza la chica de la falda corta, su alumna.
Apenas tiene
diecisiete y se contonea como una malvada mujer de veinte incitando a lo
prohibido, eso es prohibido, tocar a una menor puede redundar en un castigo
atroz, rozar su piel si quiera con las yemas de los dedos, desearla podría ser
la fuente de ignición de la hoguera. El comienzo de un incendio voraz. Pero su cara se le ha enterrado en la mente como se entierra un cuchillo en la arena para calmar la tempestad. Se pregunta qué debe enterrar para calmar el apetito que le ocasionan sus piernas, la brevedad de su cintura, sus pechos álgidos y labios carnosos, carnosos y rojos, radiantes de deseo.
Ama a Laura, se lo ha repetido mil veces, pero de pronto se le pone enfrente la menor con un Chihuahua en su regazo. Ella le sonríe y el animal descansa sobre sus pechos, esos pechos que mira con tal interés que imagina lo blandos como algodón de azúcar que deben estar. Entonces sacude la cabeza para borrarse esa imagen grotesca.
Sus cabellos largos hasta el hombro, su cara angelical con barritos en la frente, falda a cuadros arriba de las rodillas enseñando sus piernas blancas, sus calcetas y zapatos escolares de amarrar, todo eso ha pasado por el escáner que Julio tiene en los ojos y sabe que nada de eso debe desearlo, pero muy en el fondo lo desea. En el fondo la desea.
La chica le sonríe mostrando sus dientes blanquísimos y con metales como trampas de oso, ¿es acaso su sonrisa una trampa? Se pregunta, su sonrisa es caer en el abismo, responde. Y de pronto piensa en Laura, otra vez, desde el malecón mirando pasar la vida. Tardará un día más en llegar y no debe traicionarla. No es fácil tener que lidiar con los moscos y la falta de señal. A él no le hace falta nada, ella le ha demostrado su cariño y por si fuera poco su lealtad.
De pronto retorna la imagen de la chica de los grilletes en los dientes que le dijo horas antes de hundirse en la soledad que esa noche no habría nadie en su casa y podía ayudarla a corregir su problema con los números. De paso le dijo que el mes que entra será mayor de edad. Sus padrinos le quieren regalar un viaje, pero la mocosa quiere otra clase de regalo.
Entonces Laura descansa en los pectorales duros y llenos de mangle de aquel hombre de rostro indefinido. Julio aborda un taxi y le pide que lo lleve al poniente. Al llegar, toca el timbre y aparece detrás de la puerta Ana Gabriela luciendo un short de licra pegado a su carne como si se tratara de otra piel. Tal como se la imaginó en el trayecto. Le sonríe y sus dientes muestran aquella barrera metálica de contención, pero no hay nada que le ponga freno a eso que siente por ella, que no es otra cosa que el deseo de probar su piel virgen.
