viernes, 26 de enero de 2018


EN EL ABISMO

 

Cuento por Martín Cruz

 

I

En el café, Julio echa de menos a Laura. En aquel frío rincón ve pasar el tiempo, también personas desconocidas pasan, van y viene la gente y otros que, como él, se quedan hundidos en la soledad. 
No es la primera vez, en dos meses de noviazgo, que dejan de verse por razones de trabajo, pero si hay la oportunidad de marcar el teléfono, no lo dudan ni un segundo. Julio le llama a Laura o Laura telefonea a Julio para contarle lo que ha pasado en el día.
Se dicen lo mucho que se aman y hacen planes para el futuro inmediato. Sin embargo, hasta el momento, Julio no ha recibido llamada de ella. O también piensa en la posibilidad que Laura espera llamada de él. Los dos esperando llamada.
A las siete de la tarde vuelve a pensar en Laura con el café en un vaso de cartón entre sus manos largas, pero en la medida que el olor a canela entra en su nariz y viaja libremente a los pulmones, se expande en él una inquietante sensación abandono.
Quince minutos después de extrañarla y ahondar en los más bellos instantes que ha disfrutado a su lado en esos incipientes meses de noviazgo, Julio tiene la iniciativa de marcarle y de inmediato suena ocupado.
Pasan dos minutos, en esos dos minutos agita en círculos el café con la cuchara de plástico, se lleva el vaso a los labios y da un sorbo largo. Vuelve a marcar. Buzón.
Empuja la puerta de cristal y se echa a caminar en la banqueta que conecta entre sí restaurantes, bares, antros y otros santuarios de vida nocturna a los que él pocas veces concurre.
Los vehículos van y vienen debajo de un cielo que anuncia la noche con boconadas de viento suave y cálido que exhalan trompetas celestiales desde algún punto del firmamento.
Falta menos para llegar a la siguiente cuadra y de pronto cambia de opinión, decide cruzar hacia el malecón para admirar  el  mar que está en calma.
Saca el teléfono de la bolsa de su pantalón de mezclilla y vuelve a marcar, espera segundos con el aparato pegado en la oreja derecha con actitud firme de militar de alto rango mirando hacia el horizonte rojizo. Piensa: primero ocupado y después buzón. Al tercer timbrazo, habla Laura con su voz frágil a punto de romperse contra el suelo como figura de porcelana. Julio dibuja una sonrisa con aires de triunfo. Ahí está ella, su trofeo, pegada al teléfono. Te extraño, le dice.

II

La señal es confusa, difusa o débil. Se pierde la comunicación. Hay una especie de pirámide, ahí sube la gente de la comunidad en el día para agarrar señal, pero claro que yo no lo hago porque se ve peligroso. Es una barrera que construyó el estado para proteger una reserva ecológica, el caso es que se ve a doc con el pueblo, parece un centro ceremonial o un mirador, pero no es nada de las dos, solo un muro escalonado que mide como unos diez metros de altura o algo así. Me cuenta don Apolonio, el agente municipal, que llegó una compañía de telefonía móvil a instalar una antena y los pobladores se opusieron por temor a contraer enfermedades cancerígenas así que se quedaron sin recepción y ahora cuando quieren comunicarse o suben a la pirámide para ordeñar señal si bien les va o se van al pueblo más cercano que está como a diez kilómetros de donde estoy ahora.
Monte Albán es un lugar pintoresco, pero para vivir no lo recomiendo. En las noches hay demasiado calor y moscos ni se diga a pesar de que en estos días han venido a fumigar los del sector salud.
Se me hace un hueco en el estómago cuando no estás junto a mí, la interrumpe Julio. Laura hace una pausa. A Julio le pega el vientecillo en la cara y le estropea el fleco cuantas veces puede. Laura, alta y  de piernas largas y torneadas como de basquetbolista, abre la llave de la regadera. La lluvia artificial tintinea con el cuadriculado de azulejos color hueso. Me quedaré un día más, pero voy a estar bien te lo aseguro, en cuanto esté por allá te marco en seguida, yo también tengo ganas de verte.
La esposa del agente me ofreció una cama, bueno en realidad es un catre de yute con patas de tijera, así descansan, el aposento es humilde, pero ellos son excepcionales en su trato. Ahora Laura se quita la ropa y entra en el agua, el agua lame su desnudez. La espuma de champú de sábila desciende como lava sobre sus laderas, sus senos, sus glúteos y su sexo. Ella se frota los hombros y levanta la cara para sentir el golpe de agua.
Esta tarde te he extrañado profundo y no sé a qué se deba, por eso decidí llamarte, en la primera sonaba ocupado y después me envió cruelmente a buzón. La silueta perfecta de Laura se refleja en la puerta de vidrio esmerilado del cuarto de baño, la abre al terminar de ducharse y sale envuelta en una toalla rosa.
El hombre está en la cama con las piernas velludas y alineadas. Alcanza la cerveza puesta sobre el buró y se echa un trago largo. Luego la mira con deseo manifiesto mientras ella se sacude su melena ensortijada. Su melena larga, su melena húmeda, su melena enredada.
Es por lo que te digo, hay poca recepción, pero ya cuando comienza a anochecer entran y salen las llamadas y no hay necesidad de subir a la pirámide o ir al pueblo. Como una gata en celo, se trepa en el colchón. El hombre le pone el dedo entre los dientes y ella lo saborea con hambre desmedida.
Se me harán eternas las horas para volverte a ver, pero el día que estés de regreso, te voy a dar un abrazo fuerte, enorme, para que no quepa duda de todo el amor que siento por ti. El hombre le entierra los dientes en el cuello cual Drácula moderno, ella cierra los ojos y se deja llevar por el éxtasis. Te extraño, le dice. Yo igual, Laura responde. Te extraño.

III

Han pasado no más de diez minutos de aquella plática. El ir y retornar de los vehículos sigue a sus espaldas. Arriba de él, la noche se va acercando con lentitud. La ciudad se enciende paulatinamente.

Digamos que extrañar a Laura con tan solo dos días de no verla tiene sus motivos: la ama tanto que no quisiera perderla por un error, pero eso de extrañarla podría ser a la vez un remordimiento o una punzada en las sienes, porque últimamente se le ha metido en la cabeza la chica de la falda corta, su alumna.
Apenas tiene diecisiete y se contonea como una malvada mujer de veinte incitando a lo prohibido, eso es prohibido, tocar a una menor puede redundar en un castigo atroz, rozar su piel si quiera con las yemas de los dedos, desearla podría ser la fuente de ignición de la hoguera. El comienzo de un incendio voraz.
Pero su cara se le ha enterrado en la mente como se entierra un cuchillo en la arena para calmar la tempestad. Se pregunta qué debe enterrar para calmar el apetito que le ocasionan sus piernas, la brevedad de su cintura, sus pechos álgidos y labios carnosos, carnosos y rojos, radiantes de deseo.
Ama a Laura, se lo ha repetido mil veces, pero de pronto se le pone enfrente la menor con un Chihuahua en su regazo. Ella le sonríe y el animal descansa sobre sus pechos, esos pechos que mira con tal interés que imagina lo blandos como algodón de azúcar que deben estar. Entonces sacude la cabeza para borrarse esa imagen grotesca.
Sus cabellos largos hasta el hombro, su cara angelical con barritos en la frente, falda a cuadros arriba de las rodillas enseñando sus piernas blancas, sus calcetas y zapatos escolares de amarrar, todo eso ha pasado por el escáner que Julio tiene en los ojos y sabe que nada de eso debe desearlo, pero muy en el fondo lo desea. En el fondo la desea.
La chica le sonríe mostrando sus dientes blanquísimos y con metales como trampas de oso, ¿es acaso su sonrisa una trampa? Se pregunta, su sonrisa es caer en el abismo, responde. Y de pronto piensa en Laura, otra vez, desde el malecón mirando pasar la vida. Tardará un día más en llegar y no debe traicionarla. No es fácil tener que lidiar con los moscos y la falta de señal. A él no le hace falta nada, ella le ha demostrado su cariño y por si fuera poco su lealtad.
De pronto retorna la imagen de la chica de los grilletes en los dientes que le dijo  horas antes de hundirse en la soledad que esa noche no habría nadie en su casa y podía ayudarla a corregir su problema con los números. De paso le dijo que el mes que entra será mayor de edad. Sus padrinos le quieren regalar un viaje, pero la mocosa quiere otra clase de regalo.
Entonces Laura descansa en los pectorales duros y  llenos de mangle de aquel hombre de rostro indefinido. Julio aborda un taxi y le pide que lo lleve al poniente. Al llegar, toca el timbre y aparece detrás de la puerta Ana Gabriela luciendo un short de licra pegado a su carne como si se tratara de otra piel. Tal como se la imaginó en el trayecto. Le sonríe y sus dientes muestran aquella barrera metálica de contención, pero no hay nada que le ponga freno a eso que siente por ella, que no es otra cosa que el deseo de probar su piel virgen.

 

domingo, 19 de junio de 2016



TUNGSTENO


CUENTO POR MARTÍN CRUZ
 

Un día, Natasha se harta de la mala vida que le da Gerónimo. Coloca una serpiente en el automóvil y cuando él la mira reptar sigilosa por el asiento del copiloto tiene un sobresalto y choca contra el árbol. Pero ésta no es la historia.
Salónica estiró el brazo, delgado y sutil, similar al tallo de un alcatraz, para entregarle las llaves del apartamento a Wólfram. El chico, con aspecto de intelectual, entró con una maleta y en la otra mano una jaula para mascotas, vacía. Wólfram se detuvo en el lobby, se quitó las gafas y después de unos segundos de escrutinio avanzó hacia la recepción. Le gustó la sobriedad del lugar y pagó hospedaje.
Cuando le sonrió a Salónica, ésta sintió que las pecas se le desprendían de los pómulos como lentejas esparciéndose sobre el mostrador de cristal. Ella no dejó en ningún momento de mirarlo pues su altura de asta bandera la hechizó. A tientos tomó las llaves y fue así como las puso en las manos del chico, largas y frías. Wólfram le dio las gracias y le regaló una nueva sonrisa que a Salónica, ya sin pecas en los pómulos, la hizo levitar –Bienvenido a Tungsteno, siéntase como en casa (Decía en el tapete de la entrada)-.
En la cama la chica se puso de rodillas y abrió despacio su camisola transparente. Las sedas del ventanal comenzaron a jugar con el viento cálido. Wólfram venía hacia ella en calzón de dormir, azul cobalto a rayas, frotándose la barba de candado. Salónica le lanzó un beso y él lo atrapó con la misma mano con la que comenzó a frotarse los genitales al tiempo que bailaba sexy.
Unos ojos con estrabismo rodeados de arrugas la miraban atentos. Salónica despertó del ensueño. El huésped del catorce puso las llaves en las manos suaves y sudorosas de la chica. El anciano le dio la espalda y avanzó lentamente hacia la salida.
Blanco platinado, platinado, perla, blanco simple, simple blanco, transparente, translúcido, esmerilado, paredes, puertas, ventanas, piso, recámara, balcón, closet, cama, burós, cocina, sala, baño, todo blanco. Al abrir la maleta, Wólfram sacó su ropa y lo necesario para instalarse en aquella habitación mediana para soltero. Un par de camisas, pantalones, zapatos, perfumes, desodorantes, champú y una serpiente. O víbora. O culebra.
La tomó lentamente entre sus brazos y Kriptón se fue enroscando (amoldando) en aquellos brazos blancos y flacos, pero firmes. La sierpe envolvía las extremidades de Wólfram con toda libertad y Wólfram entró en un momento de éxtasis. De comunión con aquel ser de la naturaleza. Tomó a Kriptón por la cabeza y el animalejo sacaba su lengua bífida con punta en forma de eme. Las miradas de Wólfram y la serpiente se encontraron, había en ellos cierta complicidad. Wólfram le sonrió y la serpiente mostró la lengua una vez más. 
La colocó en la jaula  y la puso en el suelo junto a la cama. Aquí no hay ratones, pero mañana consigo. No quiero que te mal pases- le dijo al animalejo que se enroscó mansamente.
Por la mañana sonó la puerta. Pero nadie abrió. Entonces, Salónica golpeó más aprisa con los nudillos. Hasta que apareció Wólfram detrás de la puerta no sin antes haberse asomado por la mirilla. Salónica enrojeció y enlazó las manos detrás de la espalda. Dijo con aire inocente: ¿se te ofrece algo? Wólfram le sonrió. Coincidió que estaba a punto de salir. ¿Alguna veterinaria cerca de aquí?, contestó. Ella frunció el ceño: ¿una veterinaria?. El chico respiró hondo y ahora le pidió que le trajera un yogurt natural mientras terminaba de vestirse, aunque en realidad se hallaba listo.
Natasha era diez años menor que Gerónimo, y él estaba a punto de cumplir los cuarenta. El ascenso de Gerónimo en la fábrica obligó a la pareja dejar la provincia. Hacía un mes que habían alquilado el penthouse de Tungsteno y había planes de adquirir una casa al sur de la ciudad. Natasha pensó que el cambio de aire, de ciudad, de gente, mejoraría la relación, pero las cosas empeoraron. Las discusiones se volvieron más frecuentes y subieron de tono. Sobre todo cuando Natasha descubrió una mancha de lápiz labial en la camisa de Gerónimo.
Ya no lo soporto, escuchó Salónica lo que Natasha un día le decía a la pared. Si tuviera manera de regresarme a Irapuato lo hacía. La jovencita, que hacía un par de meses era la encargada de la recepción del hotel por las tardes, intentó darle su mano amiga, a sabiendas que no conseguiría nada con que Natasha le contara sus problemas, pero sí al menos obtendría una manera de distraerse.
¿Tienes novio? Le preguntó Natasha. Salónica sonrojó, pues a sus dieciséis, aún no había tenido la oportunidad de estar al lado de un chico porque su abuelo, el dueño del hotel, se ponía celoso. Y si tenía la oportunidad de amar, lo hacía a escondidas. Pero esta vez, ya no resistiría más, porque estaba dispuesta a conquistar el corazón del nuevo huésped. Wólfram le pareció el hombre indicado y estaba decidida a conquistar su amor. Por encima de todo, inclusive, por encima de su abuelo.
Entonces le respondió a Natasha que sí tenía novio, aunque éste aun no sabía que ella lo quería con el corazón a punto de reventarle de tanto amarlo.  Es bonito amar, le dijo Natasha, pero siempre y cuando sepas a quien amas. Sin embargo, nunca llegamos a conocer a las personas, realmente. Me junté enamorada, pensando que Gerónimo era el amor de mi vida, y ya ves, resulta ser que no fue una buena elección, le aconsejó.
Salónica guardó aquel consejo para cuando llegara el momento. Bastó una semana para estar segura que sentía algo verdadero por Wólfram, el chico de la mediana habitación, que seguía abriendo la puerta para que ella entrara y pedía un yogurt natural antes de salir al trabajo.
Le pedía un yogurt natural después de cepillarse los dientes, y no entendía por qué. Hasta que un día, Wólfram le mostró a la serpiente, su animal predilecto, llamado Kriptón, quien era capaz de comer lo mismo ratones que alimentarse de yogurt natural.
Salónica palideció. Sintió una mezcla de miedo y asombro, acompañada de asco. Pero no gritó, ni mucho menos corrió. Miró unos instantes la maestría con la que su amado dominaba el animal que medía, sin exagerar, casi dos metros.
Le explicó que era su mascota. Su amiga. Su confidente. Hacía mucho lo acompañaba a todas partes. Eran inseparables. Pero tenía que llevarla de contrabando a los lugares a donde iba. Y nadie, a excepción de ese momento, sabía por qué siempre cargaba una jaula vacía.
De modo que si eran entrañables, Wólfram y la serpiente, las posibilidades de que se fijara en ella eran remotas. La albina con ojos de diamante era su mayor tesoro. Ella jamás lo sería, pensó Salónica.
Natasha ya no soportó más y bajó cargando una maleta. Iba hecha un mar de llanto. Gerónimo la alcanzó en la parada de los coches de alquiler y tuvieron una fuerte discusión. La devolvió arrastras al pent-house y ahí la dejó encerrada por varios días. Gerónimo aprovechó el encierro de Natasha para irse de juerga. Con una llave maestra, Salónica la rescató y trató de consolarla. Yo tengo la solución a tu problema, le dijo.
Mientras Wólfram se duchaba, Salónica entró a la habitación mediana. Sigilosa extrajo la jaula con la serpiente que se encontraba debajo de la cama. Cuando la vea se llevará el susto de su vida, y no le quedarán ganas de volver a maltratarte, le dijo Salónica, y Natasha, luego de mirar por varios minutos horrorizada a la mansa serpiente la tomó entre sus manos. Tenía un efecto narcótico, no le quitaba la mirada de encima. Una de dos, o se moría de un infarto, o se volvía un hombre bueno. Habría que buscar el lugar indicado. Encima de la cama o servírsela en una bandeja en el desayuno.
Salónica no volvió a la habitación de Wólfram para comedirse. No al menos la mañana del accidente. Wólfram, en tanto, pegó el grito en el cielo por la desaparición de su mascota, la buscó por toda la habitación sin encontrarla, y le preguntó a la chica de la recepción y ésta no le hizo gran caso. Miraba atenta, como el resto de los curiosos, el vehículo incrustado en el árbol. Frente a Tungsteno. El auto al momento del choque sonó como si varios platos se hubieran roto en el suelo al mismo tiempo. Gerónimo quedó pegado en el volante. Mal herido. Natasha a unos cuantos metros sobre el pavimento. No pudo esquivar el auto que se le fue encima cuando Gerónimo se sobresaltó al descubrir la serpiente. La víbora comenzó a escurrirse. Wólfram, envuelto en una toalla, fue a su rescate. Vida de mi vida. Vida mía. Creí que jamás volveríamos a estar juntos.